En la primera entrega de este año ya vimos los pasos clave para acoger a un alumno que llega llorando al despacho del orientador. Hoy queremos profundizar en el caso concreto y dramático de cuando aparece una autolesión (o una revelación clara de que está ocurriendo). Puede que no parezca tan frecuente a primera vista, pero conviene mirar los datos: en el Barómetro Juventud, Salud y Bienestar 2025, casi la mitad de los jóvenes refiere haber tenido ideas autolesivas (47,1%) y más de un tercio declara haberse autolesionado alguna vez (34,7%); además, un 6,8% dice hacerlo con frecuencia [1]. En población escolar, el estudio longitudinal EMOChild también alerta de un inicio cada vez más temprano (antes de los 12 años) y de una relación preocupante entre pensar en autolesionarse y terminar haciéndolo (una parte importante lo lleva a la práctica) [2].
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