Los trabajos vinculados a la educación o la salud pueden volverse muy pesados, e incluso insostenibles, si no se viven desde una cierta vocación personal. No es lo mismo dar clase en Secundaria que en Primaria o en Educación Infantil, pero en todos estos ámbitos la relación con las personas exige algo más que competencia técnica. En el caso del orientador, este componente vocacional se vuelve especialmente decisivo.
Por eso, conviene detenerse en las habilidades que necesita para ejercer bien su tarea, porque su ausencia puede provocar un desgaste enorme, una sensación constante de frustración o, con el tiempo, convertirlo en un profesional agrio y amargado.
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