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A veces los mayores retos educativos no se encuentran en el aula, sino en lo que ocurre fuera de ella. Cuando el hogar, que debería ser un refugio estable y protector, se convierte en un espacio de conflicto, ausencia o fragilidad, el impacto en el desarrollo emocional y académico del alumno es inevitable. Cada vez más orientadores y docentes observan cómo la desestructuración familiar se refleja en las aulas a través de la desmotivación, los problemas de conducta o el bajo rendimiento. 

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