La irrupción de la inteligencia artificial avanza a una velocidad vertiginosa, sobre todo entre los jóvenes. Es un fenómeno tan reciente que apenas podemos medir con claridad sus efectos en el desarrollo cerebral o en los hábitos de aprendizaje. Pero sí podemos hacerlo con el precedente más cercano —las redes sociales—, un tren que, al menos en el ámbito educativo, ya perdimos.
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