La evaluación de un orientador, por lo normal, se centra en pruebas estandarizadas que permiten comparar la situación del niño evaluado con la de otros muchos niños. Eso es necesario y valioso, pero es fácil caer en la tentación de concentrar ahí casi toda la evaluación, añadir alguna entrevista y dejar en segundo plano la observación directa. A veces ocurre por falta de tiempo y otras por inclinarnos hacia lo más métrico y aparentemente más defendible. Sin embargo, el patio, el comedor o los tiempos menos estructurados del centro ofrecen una información que ninguna prueba psicométrica da por sí sola y que, en bastantes casos, confirma lo que intuíamos o nos obliga a revisarlo. En perfiles de TEA, en sospechas de acoso, en baja tolerancia a la frustración o en dificultades de integración, ese contexto social es decisivo. Si observamos adecuadamente, podemos recoger una información muy valiosa para comprender mejor al alumno.
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