Skip to main content

Hay una escena muy reconocible en muchos departamentos de orientación. Empieza la mañana con una evaluación prescriptiva urgente y, antes de sentarse, ya han llegado tres correos, dos avisos de pasillo y una petición “rápida” que en realidad no lo es. Un informe para hoy, una entrevista improvisada, una familia que quiere respuesta inmediata, un profesor que necesita que “veas un minuto” a un alumno cuanto antes y, entre medias, la sensación de que, si uno no responde a todo, parece que no está haciendo bien su trabajo. Así, casi sin darse cuenta, el orientador corre el riesgo de convertirse en el profesional que absorbe lo que otros no saben, no pueden o no quieren encajar en su tiempo. 

Artículo para suscriptores

Regístrate y accede a todos los contenidos.

Compartir: