Hay frases como “no quiero seguir” o “me gustaría desaparecer” que atraviesan como un dardo la rutina del colegio. Son palabras que, cuando aparecen en una conversación, paralizan por un instante a quien las escucha. Ese segundo de congelación es comprensible, pero no puede alargarse, porque lo que venga después puede ser decisivo.
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