Aunque a primera vista no sea tan sencillo de detectar, todo profesor y orientador se habrá dado cuenta de que en muchas ocasiones la buena intención de señalar el error de un alumno termina exponiéndolo más de lo debido. Si esto se hace en público y sin control en las formas, es muy fácil provocar en él vergüenza, en el mejor de los casos, y humillación si la acusación se desborda. En este artículo queremos proponer una reflexión necesaria para distinguir cuándo una corrección puede despertar una sana vergüenza y cuándo se convierte en una sensación de humillación claramente contraproducente.
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