Es tentador que, cuando un alumno viene a decirnos algo grave, tratemos de tranquilizarle enseguida diciéndole que no se lo diremos a nadie e incluso prometiéndole confidencialidad absoluta. Esa promesa, sin embargo, puede dejar al orientador sin margen cuando aparece una situación que exige compartir la información imprescindible o abrir un protocolo para ayudarle. Por eso conviene cuidar desde el principio la confianza, con una honestidad que permita protegerle si hace falta.
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