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Hay días en los que el colegio parece una sala de urgencias. Entras con una evaluación que se ha alargado, te cruzas con un tutor que “solo necesita dos minutos”, aparece un correo delicado de una familia, y a media mañana llega un aviso por un conflicto serio en el patio. Y aún te quedan esas prescriptivas que esperan y unas cuantas citas con padres. En ese ritmo, el agobio se acumula sin pedir permiso. Y, como suele ocurrir, lo que más pesa no es algo concreto, sino la sensación de que todo depende de ti y que no llegas a cerrar.

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