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Hay cursos que terminan con la sensación de haber llegado tarde a demasiados sitios. Un alumno que necesitaba evaluación desde octubre y fue visto en marzo, una familia que pidió ayuda cuando el problema ya estaba enquistado, una adaptación que se redactó correctamente, pero que apenas llegó al aula, un tutor que avisó varias veces y no encontró una respuesta clara, etc. Al cerrar junio, el orientador puede tener la tentación de pasar página cuanto antes y olvidar tanto estrés, sin embargo, quizá ahí empieza una de las tareas más importantes del curso: mirar con honestidad lo que no funcionó para no repetirlo en septiembre.  

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